En la Grecia y la Roma antiguas, las catástrofes naturales como terremotos, tsunamis, erupciones o inundaciones eran consideradas manifestaciones de la voluntad divina. Los dioses no eran espectadores, sino protagonistas. El caso de Helike, una ciudad del norte del Peloponeso que fue completamente engullida por el mar hacia el año 373 a.C., es un ejemplo impactante. Según los relatos, la ciudad fue destruida por Poseidón, el dios del mar y de los seísmos, enfurecido porque sus habitantes habían expulsado a un grupo de embajadores procedentes de su templo. La desaparición de Helike fue tan impactante que los restos de la ciudad sumergida fueron visitados incluso siglos después. En Roma, autores como Tito Livio o Cicerón documentan cómo terremotos o prodigios meteorológicos eran leídos como malos augurios. El clasicista Konstantine Panegyres analiza cómo los antiguos integraron estos fenómenos en su visión del mundo, sus textos mitológicos y su vida pública. La destrucción de Helike se convirtió en símbolo de la fragilidad de las ciudades-estado, incluso siglos después de su desaparición. El mito de la Atlántida, relatado por Platón, también refleja los mismos patrones que el caso de Helike: una comunidad arrogante, una falta moral y una destrucción súbita por vía del mar. La erupción de Thera, ocurrida en el siglo XVII a.C., es otro ejemplo de desastre natural que afectó profundamente a las culturas del Egeo.