La privacidad ha sido el último bastión de dignidad digital, pero desde la llegada de ChatGPT y proyectos de IA, la percepción ha cambiado. Ahora, en lugar de desconfiar, ofrecemos nuestros datos de forma proactiva para obtener respuestas personalizadas y asistencia adaptada. La ilusión de la reciprocidad hace que la transacción se sienta justa, pero la arquitectura de poder no ha cambiado. La privacidad no ha muerto, se está rindiendo por agotamiento. Defender la privacidad es insostenible cuando la alternativa promete conocernos tan bien que nos libera de explicarnos una y otra vez. La industria tech está uniendo su destino al de OpenAI, y la economía mundial depende de que funcione.