Steve Jobs rechazó más de 2.000 tonos de beige propuestos para el Apple II, considerándolos inadecuados. Su biógrafo, Walter Isaacson, relata cómo Jobs era meticuloso con el diseño y quería un beige con carácter. Jobs citaba una lección de su padre sobre la importancia de los detalles, incluso en partes invisibles. Esta obsesión por el diseño se repitió en otros productos, como el Macintosh, donde exigió que los circuitos internos se alinearan estéticamente y que los tornillos visibles fueran del mismo color. Su exigencia generaba tensiones, pero también lealtad entre los empleados. Apple ha seguido priorizando el diseño, incluso después de la marcha de Jony Ive, el jefe de diseño que trabajó con Jobs desde finales de los 90 hasta su salida hace seis años.