La forma en que nombramos las realidades puede abrir mundos de dignidad o reforzar prejuicios y jerarquías. Cuando hablamos de la infancia y la adolescencia desde un lenguaje adultocentrista, reduciéndoles a 'menores' o clasificándoles como 'problemáticos', condicionamos la manera en que la sociedad los percibe, los atiende o los excluye. Las palabras importan, por eso cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes no deberíamos distinguir entre quién nace aquí o allá, ni usar términos que rebajan su dignidad por ser extranjeros. Las infancias no deben ser relativizadas según fronteras, merecen cuidado, escucha y respeto sin excepción. La dignidad de la infancia no debe ser condicionada por su lugar de nacimiento o su estatus migratorio. Todos los niños y adolescentes, sin importar su origen, merecen ser tratados con dignidad y respeto.