La revolución tecnológica ha cambiado la forma en que los niños se divierten, aprenden y se relacionan. Las pantallas han abierto puertas a experiencias educativas interactivas, pero también traen problemas como sedentarismo y disminución de la interacción cara a cara. Los juegos tradicionales fomentan el trabajo en equipo, la negociación y la empatía, y suelen implicar movimiento físico. Para lograr un equilibrio saludable, se pueden establecer horarios claros para el uso de dispositivos, utilizar aplicaciones que motiven el movimiento y reservar momentos para actividades físicas al aire libre. La clave está en encontrar un punto medio que potencie lo mejor de cada una. La infancia no debería ser ni exclusivamente digital ni completamente analógica, sino que las experiencias tecnológicas y tradicionales se complementen, potenciando el desarrollo integral de los niños.