En Latinoamérica, se observa un aumento en las denuncias de abusos hacia niñas, niños y adolescentes, mientras la atención pública se desvía hacia otros temas. Esto permite que figuras públicas acusadas de violencia sexual reaparezcan en los medios sin que se mencionen sus antecedentes. La narrativa que se presenta en los medios colabora con esta inversión simbólica, insistiendo en el mito de las falsas denuncias, lo que diluye la gravedad de los hechos y desplaza a las verdaderas víctimas del relato social. Los estudios internacionales han advertido que esta dinámica no es exclusiva de una región, y que en distintos países, los medios suelen resaltar la trayectoria o el arrepentimiento del agresor, mientras invisibilizan a las víctimas. En Latinoamérica, los datos revelan que siete de cada diez víctimas de violencia sexual son menores de edad y ocho de cada diez abusos ocurren en entornos familiares o cercanos. Sin embargo, la mayoría nunca llega a ser denunciada. El silencio forzado no es casual, sino el resultado de un entorno social que tiende a proteger al agresor y poner en duda a quien acusa. El investigador estadounidense David Finkelhor propone incluir a ofensores en estrategias de prevención, pero esto ha sido cuestionado por no abordar con suficiente profundidad las desigualdades de género y las estructuras de poder que sostienen la violencia.