Hace ciento ochenta años, en julio de 1845, Edgar Allan Poe publicó un relato relacionado con los impulsos primitivos: El demonio de la perversidad. La Justicia anda corta de creyentes, y la venganza social es un tema que se habla mucho últimamente. Se ve que el refranero está en lo cierto al advertir: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. La literatura también aborda este tema, como en el relato de Poe, donde el protagonista comete un asesinato y confiesa sin presión. La mayoría de la gente solo es amiga de soluciones draconianas en el terreno de la imaginación, pero si se eliminan las complicaciones, puede aparecer un aprendiz del canalla en cada esquina. La falta de emoción por un lado y el exceso por otro es un desequilibrio interesante. La reacción se beneficia cuando los gobiernos se lavan las manos con la pobreza y la exclusión. La libertad no es un hecho de aislamiento, sino de reflexión mutua, como dice Mijail Bakunin en su Dios y el Estado. La búsqueda de la justicia es la más elegante forma de venganza. En julio de 1845, Edgar Allan Poe publicó El demonio de la perversidad, y en 1846, El barril de amontillado, donde Montresor condena a Fortunato a una muerte terrible. La sensación de abandono generalizada es caldo de cultivo perfecto para las soluciones individuales, y la libertad de todo individuo no es otra cosa que el reflejo de su humanidad.