Casimiro era un hombre que trabajaba en el Club Las Playetas de Castellón, regando las pistas de tierra batida y jugando con los niños. Era valencianista y fanático del fútbol. En el verano de 2004, se detuvo frente a la verja del campo de fútbol y gritó los tres fichajes chinos más recientes del Madrid. Con el tiempo, los niños crecieron y Casimiro siguió siendo una figura importante en sus vidas, sirviéndoles sus primeros whiskys y acompañándolos en sus momentos de crecimiento. Ahora, los niños han crecido y Casimiro ya no está, lo que les hace reflexionar sobre la mortalidad y la importancia de los ángeles custodios en sus vidas. Casimiro fue una persona que les sirvió de guía y acompañante en su infancia y adolescencia, y su ausencia es un recordatorio de que la vida es efímera. Los niños recuerdan cómo Casimiro les perseguía por los pinares cercanos a las pistas de padel, y cómo les hacía reír con sus bromas y anécdotas. La memoria de Casimiro sigue viva en sus corazones, y su legado es el recuerdo de una infancia feliz y llena de momentos especiales.