En un pueblo de La Rioja, el agua nunca se enfría. Las termas son parte del paisaje, con charcas humeantes donde el agua brota del subsuelo a más de 40 grados. En invierno, la escena es irreal, con personas sumergiéndose en piscinas termales al aire libre envueltas por vapor. Los lugareños lo hacen desde siempre, y los visitantes desde que el rumor de estas aguas llegó más allá de las montañas riojanas. Las termas se encuentran junto al cauce del río Cidacos, con pozas de piedra talladas por el tiempo y una temperatura que oscila entre 38 °C y 48 °C. Se dice que los romanos conocían sus propiedades y que durante siglos fueron un refugio para pastores y viajeros. Hoy, esas mismas aguas alimentan un balneario moderno que aprovecha las propiedades medicinales del manantial para tratamientos de relajación, reumatismo y piel. El pueblo que vive del agua conserva el ritmo pausado de la vida rural riojana, con casas agrupadas en torno a la iglesia y vapor del valle mezclado con humo de chimeneas. La calma y el silencio son fundamentales en este lugar, donde el agua es una forma de identidad y tradición que sigue corriendo bajo tierra.