Victor Lustig, un estafador centroeuropeo con un falso título nobiliario y una cicatriz en la mejilla, se presentó como conde y ofreció la Torre Eiffel a empresarios del metal en el Hotel de Crillon. Les habló de los altos costes de mantenimiento y del interés del gobierno francés en venderla como chatarra. El empresario André Poisson pagó 70.000 francos para asegurarse el contrato. Lustig repitió el timo un año después, pero la policía estaba al tanto y tuvo que huir. La Torre Eiffel nunca se vendió y se convirtió en un emblema turístico rentable.